Criar también es aprender a dejarlos ir

El papel de las amistades, las relaciones y la independencia en la vida de nuestros adolescentes.

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Criar también es aprender a dejarlos ir

Uno de los grandes retos de criar adolescentes es ayudarlos a manejar los aspectos sociales de su entorno. En días recientes tuve una conversación seria con mis hijos sobre las amistades y las relaciones de pareja. A estas últimas les llamo, de cariño, mal de amores y celos pasmaos. Y es que uno de los cambios más significativos de esta etapa del desarrollo es la dimensión social. Esto toma gran importancia en muchas áreas de sus vidas futuras, ya que lo que aprendan en este periodo va a influir en cómo ellos manejan sus amistades y parejas.

Hace un tiempo leí un libro sobre paternidad en el que se compartía un dato muy interesante. A medida que nuestros hijos e hijas se mueven hacia la independencia, nosotros, los padres y madres, perdemos el control de sus decisiones. El libro decía que los padres y madres tenemos control directo de los actos de nuestros hijos hasta los 10 años. Luego de esto, los amigos y otras personas tienen más influencia en estas decisiones. 10 años, deténganse un momento en eso. La realidad es que es muy poco tiempo.

Desde esta perspectiva podemos entender lo que me dicen con frecuencia los padres en sesión: “Dr. González, usted le dijo exactamente lo mismo que yo, pero a mí no me hace caso.” Y créanme, me pasa lo mismo en casa. Por más diplomas y experiencia clínica que tenga, en casa las dinámicas no son muy distintas a las de cualquier casa puertorriqueña.

Es importante entender que estos procesos de cambio son normales, y que nosotros pasamos por ellos en nuestro momento. Pero ahora lo comprendemos mucho mejor. Como dice el refrán: “Cuando te das cuenta de que tus padres tienen razón, tienes un hijo que piensa que estás equivocado.”

Entonces, ¿qué se considera normal en estos años? Pues todo depende de la edad del adolescente. Y esto, entendiendo que todas estas conductas tienen una función de autopreservación desde una perspectiva evolutiva, la cual era indispensable en tiempos pasados. Y estoy seguro de que aún lo es.

Usualmente, los cambios se empiezan a observar entre los 11 y los 13 años (adolescencia temprana). En este periodo veremos un aumento de la independencia, de la preferencia por amigos sobre la familia, de la exploración de la identidad racial, de la identidad de género y de la identidad sexual. También, mayor conciencia ante la inequidad y la discriminación social. Como les digo a los padres en la consulta, es bastante común observar un cambio drástico en estas edades.

Entre los 13 y 17 años (adolescencia media) se consolida la preferencia por los pares; usualmente se conforma el corillo con el que se comparte más tiempo. A la vez, puede que experimenten con conductas de alto riesgo. A esto le llamo, en broma, pero en serio, la época del sexo, las drogas y el rock & roll. También comienza la exploración de roles ocupacionales y sociales, y la maduración de los procesos de identidad.

Uno de los grandes retos de esta adolescencia media es que es el momento en el que nuestros adolescentes están más susceptibles a la influencia de sus pares. Y esto no siempre es negativo, ya que tiene un componente adaptativo. Un estudio longitudinal demostró que la susceptibilidad a la influencia social al inicio del seguimiento predijo una mejora en las relaciones con pares a lo largo del tiempo, es decir, cierta sensibilidad social puede favorecer la integración. Y esto tiene que ver con la incertidumbre que existe respecto de las preferencias de adolescentes y jóvenes. Nuestra responsabilidad es conocer con quién comparten nuestros hijos e introducir en su vida a otras personas que ofrezcan marcos de referencia acordes con los valores que queremos transmitir.

Desde los 17 años en adelante, vemos cómo se consolidan las relaciones íntimas, estables y productivas. Nuestros adolescentes asumen roles y responsabilidades maduros, con una identidad y un sistema de valores propios. Ya en esta época muchos comienzan a irse de los hogares e independizarse.

Evolutivamente, todo esto es necesario para que nuestros hijos e hijas se dispersen. Sí, que vuelen. Que lo hagan alto, aunque el nido se sienta vacío. Este espacio es necesario para que ellos aprendan habilidades sociales propias de los adultos y exploren nuevos entornos.

Así que cuando tus hijos prefieran janguear con su corillo y no contigo, no lo tomes personal. Es una parte normal del desarrollo humano. Al contrario, debemos fomentar que adquieran las destrezas necesarias para una adultez saludable.

Parte de nuestro crecimiento como padres y madres es aprender a dejarlos ir, poco a poco.

¿Cómo manejas estos cambios en tus hijos e hijas? Deja un comentario.