Dulces sueños y bello amanecer

Lo que dice la evidencia... y lo que aprendí como padre

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Dulces sueños y bello amanecer

No recuerdo la hora con exactitud, pero era de madrugada. De repente siento que algo me toca. Despierto asustado, sin saber lo que está pasando a mi alrededor. Pasan muchas cosas por mi mente. ¿Será un temblor? ¿Un ladrón? Poco a poco comienzo a distinguir una silueta a mi lado. Alguien que no estaba en la cama hace unas horas. Era mi hija, quien me dice, “papá no puedo dormir”. No sé si fueron sus ojos y pucherito, o el cansancio de las tres de la mañana. Pero, esa noche volvió a dormir en la cama de sus padres. A medida que ella se acomodaba entre nosotros pasó por mi mente una pregunta, ¿habré hecho lo correcto? Con el tiempo entendí que la respuesta no era simplemente sí o no.

Una de las situaciones que me topo con frecuencia en la consulta es la preocupación de que los hijos duermen en la misma cama con sus padres y se preguntan si eso es saludable. Investigando para este escrito descubrí que el término correcto en español es colecho. Muchos padres quieren saber si esto es bueno o malo para el bienestar de sus hijos. Pero la realidad es mucho más compleja de lo que parece a simple vista.

Mientras reflexionaba sobre este tema regresaron recuerdos de cuando era niño. Recuerdo aquellos momentos en los cuales me acurrucaba con mis padres. Algo que hacía mi papá con nosotros era que antes de acostarse a dormir nos hacía la señal de la cruz en la frente, nos daba un beso y se despedía diciendo: dulces sueños y bello amanecer.

También tuve que manejar el colecho. Y le confieso que ni mis diplomas ni todos los libros que había leído hasta el momento me libraron de los retos a los que me enfrenté en esos años.

Entre los buenos recuerdos está lo rico que se sentía cuando dormían en mi pecho durante su infancia. Sentir su calor, su olor, podía pasar horas mirándolos y disfrutando de ese espectáculo de los sentidos. Nada como ese olor a cuello de infante.

Pero también recuerdo la otra cara de la moneda. Lo difícil que fue lograr que mi hija durmiera sola en su cuarto. Ahora entiendo que ese proceso implicaba algo mucho más significativo. No se trataba solamente de lograr que durmiera sola.

Como padre primerizo, en la infancia de mi hija, estaba súper vigilante de cada gesto, cada movimiento o quejido. Sin saberlo en ese entonces, seguía las recomendaciones de la Academia Americana de Pediatría (AAP).

Esta recomienda que los bebés duerman en la misma habitación que los padres, pero en una superficie separada como cuna, moisés o corral durante al menos los primeros seis meses de vida.

También nos dice que no se recomienda compartir la cama con el bebé en ninguna circunstancia, pues aumenta significativamente el riesgo de muerte súbita, especialmente cuando hay factores como consumo de alcohol, medicamentos sedantes, tabaquismo o superficies blandas como sofás o sillones.

A medida que creció se mudó a la cama matrimonial por su cuenta. Mi hija siempre fue muy ágil y justo cuando comenzó a caminar escaló su cuna, se lanzó al vacío y llegó a la cama. Ya una vez en la cama fui víctima de patadas, codazos y otras llaves de sumisión.

Después vino lo complicado. Intentar sacarla del cuarto y lograr que durmiera sola. Uf, eso fue un periodo difícil. Llanto, gritos, frustración, mis victorias, mis derrotas, rendido por el sueño y el cansancio.

Este proceso tardó muchos meses. Y conllevó planificación y trabajo en equipo. Descubrí que moverla de nuestra cama a la suya no era cuestión de una sola conversación ni de una noche de determinación. Requirió paciencia, consistencia y entender que aprender a dormir solos también es una destreza que se desarrolla poco a poco. Algunas noches me sentaba junto a la cama hasta que se durmiera; otras veces intenté rutinas predecibles, cuentos, peluches favoritos y pequeños incentivos para celebrar los avances. No hubo una fórmula mágica. Hubo retrocesos, negociaciones y muchas visitas inesperadas a nuestro cuarto de madrugada.

Pero con el tiempo aprendí que ayudarla no significa evitarle toda incomodidad, sino ayudarla a descubrir que es capaz de sentirse segura incluso cuando mamá y papá no estaban a su lado.

Al igual que otros padres me cuestioné muchas veces qué es mejor para la salud mental de mis hijos. El sacarlos de la cama o no. Y hasta el momento los datos no han encontrado efectos significativos en la salud mental y desarrollo emocional de los niños. Tampoco se ha demostrado que el colecho cause trastorno de ansiedad por separación; de hecho, la evidencia sugiere lo contrario: los niños que ya tienen ansiedad tienden a buscar dormir con sus padres, no al revés.

Durante esa batalla me pregunté muchas veces si estaba haciendo lo correcto. Disfrutaba de la compañía de mis hijos en la cama, pero sabía que era necesario que durmieran en su cuarto. Eso era de gran importancia para su independencia, mi descanso y para que la relación de pareja recupere un poco de intimidad. A veces los adultos salíamos victoriosos, en otras ocasiones el cansancio vencía mi deseo por su independencia o la intimidad de pareja.

Pero la salud mental de los hijos no era mi única preocupación. También estaba mi matrimonio.

En este último aspecto varios estudios longitudinales han encontrado que el colecho persistente se asocia con menor satisfacción en la relación de pareja, más conflictos sobre los arreglos para dormir, mayor frecuencia de síntomas depresivos en las madres, y menor frecuencia sexual. Sin embargo, es importante señalar que la investigación sugiere que las dificultades preexistentes en la relación de pareja predicen la adopción del colecho, más que el colecho ser la causa de esos problemas. En otras palabras, familias que ya experimentan estrés son más propensas a adoptar esta práctica. Lo que sí es claro es que cuando el colecho fragmenta significativamente el sueño de los padres, esto puede reducir su disponibilidad emocional durante el día, afectando indirectamente tanto la relación con el niño como la relación de pareja.

En fin, la realidad es que no hay una guía exacta de cómo manejar esta situación después de la infancia. Cada familia tomará las decisiones que entienda sean las mejores para su núcleo. Pienso que debe haber un balance. Usualmente le recomiendo a mis pacientes que es importante fomentar la independencia de nuestros hijos, y una de esas formas es que la gran mayoría de los días, fomenten que duerman en sus cuartos y camas.

En lo personal, muchos días acompañé a mis hijos en sus camas antes de dormir. Fueron muchas las noches leyéndole cuentos antes de dormir y asegurando que descansaran bien. Aún de adolescentes los visito antes de dormir, les hago la señal de la cruz, les doy un beso en la frente y les digo con mucho amor. Dulces sueños y bello amanecer.