El día que decidí cambiar el rumbo
Una noche, mientras caminaba hacia el ascensor con mis dos hijos, entendí que había dejado de preguntarme cómo quería vivir. Esa decisión cambió mi forma de verme a mí mismo, de ejercer la psiquiatría y de ser padre.
Son casi las diez de la noche. Camino hacia el ascensor de mi complejo de apartamentos con un hijo tomado de cada mano y sus bultos escolares. Valeria tiene alrededor de siete años; Diego, cinco. Ninguno de los tres dice una palabra. Caminamos con esa torpeza que aparece cuando el cuerpo ya no puede más.
Mientras espero que llegue el ascensor, me doy cuenta de algo que llevaba mucho tiempo evitando.
No quiero seguir viviendo así.
Para entender por qué ese momento fue tan importante, hay que retroceder algunos años.
Había terminado mi residencia en Psiquiatría y sentía que todo empezaba a acomodarse. Desde adolescente soñaba con ejercer esta profesión y ahora tenía la oportunidad de hacerlo. Llegaron varios ofrecimientos de trabajo y terminé dirigiendo una unidad de hospitalización para adolescentes. Era un reto enorme y una oportunidad que difícilmente habría rechazado.
Para ese entonces ya Diego había nacido. A medida que mi carrera crecía, también aumentaban las horas de trabajo. Esto creaba tensión con mis otras responsabilidades, porque no solo era psiquiatra; también era padre y esposo. Durante esos años mi matrimonio terminó.
De un momento a otro me convertí en un papá de semanas alternas mientras mantenía el mismo ritmo de trabajo. La transición fue difícil, pero seguí hacia adelante como mejor pude. Con el paso de las semanas me sentía cada vez más cansado. Amaba lo que hacía como psiquiatra, pero las largas jornadas me dejaban muy poco espacio para compartir con mis hijos. Poco a poco todo comenzó a convertirse en un espiral. Sin darme cuenta, estaba construyendo una carrera de la que me sentía profundamente orgulloso mientras descuidaba la parte de mi vida que más valor tenía.
Durante mucho tiempo pensé que el problema eran las horas de trabajo. Hoy creo que era algo más profundo. Vivía tan concentrado en cumplir con mis responsabilidades que había dejado de preguntarme cómo quería vivir.
Cada vez había más horas de trabajo, menos balance y menos tiempo para detenerme. Hasta que llegó el día que se convirtió en un punto de inflexión.
Aquella mañana había salido de casa con mis hijos a las siete para llevarlos a la escuela. Después comenzó mi jornada: el hospital por la mañana, la consulta privada por la tarde y el hospital parcial de cuatro a siete. Pero ese día tuve que regresar nuevamente al hospital porque aún quedaba trabajo por hacer.
Por eso, cerca de las diez de la noche, caminaba con mis dos hijos hacia el ascensor.
Fue allí donde me dije: hasta aquí.
Lo que más me pesaba no era el cansancio. Era darme cuenta de que llevaba años ayudando a otras personas a cuidar su salud mental mientras había dejado de cuidar la mía. Muchas noches pasaba a buscar a mis hijos a casa de sus abuelos y ya estaban dormidos. Otras veces, al ver lo tarde que era y lo cansados que estábamos todos, se quedaban allí a dormir. Incluso recuerdo mirar a sus abuelos y notar el esfuerzo que también ellos hacían para ayudarme. Me pregunté cómo había llegado hasta ese punto. Tenía estabilidad económica, responsabilidades importantes y una carrera que disfrutaba, pero no estaba viviendo con el balance que necesitaba para disfrutar plenamente esa etapa de la vida junto a mis hijos.
No cambié mi vida de un día para otro. Durante meses seguí sintiendo culpa. Comencé terapia psicológica, reduje compromisos profesionales y, poco a poco, empecé a tomar decisiones que antes me parecían imposibles.
Con el tiempo descubrí que el cambio más importante no fue reducir horas de trabajo. Fue aprender a vivir de otra manera. Dejé de vivir con tanta prisa. Aprendí que no todo tenía que resolverse ese mismo día y que estar ocupado no siempre significaba estar viviendo la vida que quería.
También entendí que la culpa tenía un efecto curioso. Mientras trabajaba, pensaba en el tiempo que quería compartir con mis hijos. Y cuando finalmente estaba con ellos, muchas veces seguía pensando en todo lo que había dejado pendiente. Poco a poco aprendí a dejar cada cosa en su lugar para poder disfrutar el momento que estaba viviendo.
Mientras más trabajaba en mí, más entendía que mi crecimiento personal también transformaba mi forma de ser padre. Cuando dejé de vivir con tanta prisa, empecé a disfrutar más los momentos cotidianos con mis hijos. Cuando aprendí a regular mejor mis propias emociones, también respondía con más calma a las emociones difíciles de ellos. Y cuando la culpa dejó de ocupar tanto espacio, descubrí el valor de estar verdaderamente presente.
Aprendí que cuidar de mí no era un acto de egoísmo. Era una responsabilidad. Porque un padre agotado, un médico agotado o cualquier persona agotada termina teniendo muy poco que ofrecer a quienes más quiere.
Durante mucho tiempo pensé que la mejor manera de cuidar a mi familia era trabajar más para darles más. Hoy pienso distinto. Creo que una de las mejores decisiones que podemos tomar como padres es seguir creciendo como personas. Nuestros hijos aprenden mucho menos de nuestros consejos que de la manera en que vivimos.
Con el paso de los años entendí que aquella historia no era únicamente mía. En mi consulta conocí a muchos padres que también vivían con prisa, con culpa y con la sensación de que el tiempo nunca era suficiente para todo lo que era importante para ellos. Comprendí que muchas de las conversaciones que tenía dentro del consultorio también podían ayudar a otras familias. De ese deseo nació, años después, Un Papá Psiquiatra.
Han pasado muchos años desde aquella caminata hacia el ascensor. Mis hijos crecieron y mi vida también cambió. Hoy miro hacia atrás y entiendo que aquella noche no marcó el final de una etapa, sino el comienzo de otra.
Sigo aprendiendo. Sigo creciendo. Sigo intentando convertirme en una mejor versión de mí mismo, no porque aspire a ser un padre perfecto, sino porque estoy convencido de que el crecimiento personal también forma parte de la paternidad.
Con el tiempo comprendí que nuestros hijos no necesitan que tengamos todas las respuestas. Necesitan ver a un adulto que sigue aprendiendo, que reflexiona sobre sus decisiones y que está dispuesto a crecer. Ese sigue siendo el rumbo que intento seguir cada día.