El rol de los deportes en la salud mental de nuestros adolescentes
Entre beneficios reales y costos invisibles: el reto de encontrar balance como familia
Son las 7:00 a.m. de un domingo. Estoy en un torneo de voleibol… y una parte de mí quisiera estar en casa. Es uno de esos torneos en los que hay 6-7 canchas con juegos a la vez. Una mezcla de gritos de todo tipo. Silbatos, celebraciones, quejas, padres envueltos en el juego. Y como suele pasarme, mi mente no se queda quieta. Lucho con lo pesado que resulta madrugar un domingo mientras analizo los beneficios de los deportes organizados para la salud mental de mis hijos. E, inevitablemente, lo comparo con mi experiencia como deportista en la adolescencia, cuando fui miembro del equipo de baloncesto juvenil del barrio Mamey en Aguada, Puerto Rico. En mis mejores tiempos promediaba un triple doble: 2 puntos, 2 rebotes y 2 asistencias.
Este tema se ha investigado ampliamente a lo largo de los años. Recientemente se publicó un estudio donde se revisó la literatura y se confirmó lo que ya sabemos. La participación en deportes, sobre todo en los de equipo, se asocia con beneficios significativos para la salud mental, incluyendo reducción en síntomas de depresión y ansiedad, una mayor autoestima, una mejor regulación emocional y destrezas que fomentan el bienestar social.
Y aquí es donde comienza mi conflicto. Veo que los deportes organizados se han convertido en una maquinaria empresarial que, al igual que muchas otras industrias, comercializa algo muy beneficioso para los participantes y sus familias, pero también puede tener efectos negativos. Torneos continuos la mayoría de los fines de semana, prácticas a altas horas de la noche y requerimientos económicos que, para muchas familias, representan un sacrificio; todo esto puede acarrear consecuencias negativas, no intencionadas, para el bienestar familiar.
En mi caso, los requerimientos deportivos de mis hijos dificultan coordinar visitas a mis padres, quienes viven a 2 horas de distancia. Y cuando elijo un fin de semana para ir a visitar a mis padres, recibo resistencia de mis hijos y hasta de otros padres del equipo. Para mí ningún torneo debe ser más importante que celebrar un cumpleaños, visitar a los abuelos o asistir a una graduación.
Después de ese breve desahogo, vuelvo a lo importante. Lo bueno: ¿Por qué los llevo a los torneos? Porque participar de equipos organizados les da a mis hijos destrezas valiosas para la vida. Aprenden a rendir cuentas ante un equipo, a trabajar con desconocidos, a tolerar las jerarquías, a celebrar las victorias, pero, para mí, lo más importante, tolerar el fracaso. No le puedo negar que sufro cuando, utilizando una frase bien boricua, “le sacan el juego del buche” (pierden al final, después de estar ganando la mayor parte del juego). Acompaño a mis hijos en su frustración, pero cuando las emociones llegan a un equilibrio, me doy cuenta de algo importante: sentir esa frustración y aprender a procesarla es el mejor regalo para que aprendan a manejar esta vida, que es difícil y siempre lo será.
Cada familia decidirá cómo manejar su tiempo, pero sí los invito a buscar el equilibrio que les funcione a su núcleo familiar. Poner límites saludables y establecer prioridades es una enseñanza valiosa para nuestros hijos e hijas. De esta forma, los ayudas a lograr un equilibrio entre los deportes, los estudios, el descanso y la familia.