Papá, tengo hambre
¿Qué relación tiene aprender a cocinar con la salud mental, la independencia y los recuerdos familiares? Una conversación con mis hijos me hizo reflexionar sobre por qué cocinar es una de las habilidades más valiosas que podemos enseñar antes de que emprendan su propio camino.
Lo que aprendí de mis hijos mientras intentaba enseñarles a cocinar.
Papá, tengo hambre, ¿qué vas a cocinar?
—¿Qué les gustaría comer?
—Quiero pasta con churrasco.
—Pues ven, para enseñarte cómo se hace. Pronto vas a la universidad y sería bueno que aprendas a cocinar.
—Pero papá, por eso mismo es que debes cocinar tú, para poder disfrutar de tu comida antes de irme.
Esta conversación fue real. Basada en uno de mis intentos fallidos en ayudar a que mis hijos adolescentes aprendan a cocinar. Ya están creciendo y quiero que tengan destrezas para que sean autosuficientes.
Mirando hacia atrás en mi vida, puedo recordar muchas memorias unidas a la comida. Aquellos platos especiales de mi madre, abuela y otros familiares. Recuerdo cuando niño que mi abuela me hacía harina de maíz en las mañanas porque era uno de mis platos favoritos. También recuerdo el día que se la pedí más espesa y, como protesta, la harina terminó casi con la textura de una pelota de béisbol. O los pasteles de mi madre, los cuales son el aroma de los meses antes de la época navideña. Creo que cuando era más joven no entendía su valor, pero ahora son recuerdos que atesoro de mi experiencia con mis seres queridos.
Yo fui autodidacta. A los 16 años, mientras mis padres estaban de viaje, decidí que ese día iba a ser mi debut como chef. Fui en bicicleta a casa de mis primos y los invité a que pasaran por casa en un par de horas.
Tomé el libro Cocine Conmigo de Dora Romano, un clásico de la comida puertorriqueña. Abrí sus páginas buscando la receta perfecta. Después de unos minutos escogí Pollo a la Hawaiana. Probablemente la receta menos boricua del libro. Busqué todos los ingredientes en la alacena de la casa de mis padres. Probablemente hice un gran reguero, pero me sentía el mejor chef del mundo. Pensé que esa misión sería fácil. Ahora me doy cuenta de que mi ambición fue más allá de mis destrezas.
Se pueden imaginar que no fue el mejor plato del mundo. Pero recuerdo la satisfacción de haber compartido esa experiencia con mi hermana y mis primos, quienes tuvieron la valentía de probar el arroz semicrudo y el pollo sin sabor.
Dora Romano sonríe satisfecha de su trabajo.
Me sentí toda una estrella de rock. El primo más “cool” del barrio. Mirando hacia atrás, me sentí orgulloso porque estaba siendo autosuficiente.
Por eso llevo tiempo intentando convencer a mis hijos de que cocinen. Pero la mayor parte de las veces que les hago la sugerencia, se les quita milagrosamente el hambre y regresan a su cuarto.
Este verano intenté algo nuevo. Como ya son adolescentes, se quedaron solos en casa mientras yo trabajaba. Decidí que no iba a llegar una entrega de “Uber Eats” a casa. Tampoco iba a madrugar para cocinarles. Este verano iba a dejarlos pasar hambre.
Mi teoría era que cuando les diera hambre algo tendrían que cocinar. Tendrían que al menos hacerse un sándwich. Como dice una frase popular, la necesidad es la madre de toda invención. Y ellos, si querían comer, tendrían que cocinar algo.
No les puedo negar que en ocasiones pasaron pensamientos catastróficos por mi mente. Imaginé dedos ensangrentados, ollas quemadas y, en ocasiones, los bomberos llamando a mi oficina informando que prendieron fuego a la cocina. En varias ocasiones me persignaba con la Señal de la Cruz entre pacientes ya que un poco de ayuda divina nunca está de más. Pero no pasó nada y cocinaron casi todos los días.
El ver que mis hijos sobrevivieron un verano sin Uber me hizo reflexionar sobre la importancia de las destrezas necesarias para que nuestros hijos sean independientes. También se activó mi curiosidad para saber si se había estudiado el vínculo entre cocinar y la salud mental. Me dije a mí mismo: Mario, allí vas a conseguir los datos para crear un buen argumento y convencerlos de que aprendan a cocinar.
El participar del acto de cocinar se ha asociado con que nuestros adolescentes presenten menos depresión y ansiedad, también ayuda con relaciones familiares, su autoestima y autovalía.
Y no importa lo que cocinan. Se comparó el bienestar reportado cuando las personas cocinaban alimentos frescos versus comida enlatada o congelada. Ambos grupos reportaron mejor estado de ánimo después de cocinar. Estos datos ayudan a identificar que el acto de cocinar es lo beneficioso y lo que más ayuda es que la persona se siente autosuficiente.
Nunca me he rendido ante mi deseo de que aprendan a cocinar y al fin encontré un plato que les gusta hacer conmigo. Recientemente hicimos pizza entre familia y amistades. Mis hijos participaron con nosotros en todo el proceso. Hicimos la masa, creamos las pizzas y compartimos en familia. Son de esos momentos que crean memorias para el resto de la vida.
Estas destrezas también son importantes para que ellos puedan crear nuevas memorias con sus amistades y sus familias. Deseo que recuerden con cariño momentos como cuando hicimos nuestra pizza, de la misma forma que recuerdo la harina de maíz de mi abuela y los pasteles de mi madre. Quién sabe si algún día sean ellos los que me pregunten: «Papá, ¿tienes hambre? ¿Qué quieres que te cocine?»